Desde Las sabanas al Campo Lindbergh

Por Egbert Lewis

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Poco más de 20 años habían transcurrido desde la formalización de la actividad hípica en Panamá.  El mundo aún sufría los escollos de la Segunda Gran Guerra.  Nuestro país y su gente, encabezada por el mandatario de entonces, Ricardo Adolfo de la Guardia, libraba una feroz batalla por el logro de nuestra identidad como nación independiente, mientras el mundo se disponía al enfrentamiento de una nueva etapa de su historia.  Era el año 1943.

El hipismo en Panamá había arribado a su vigésimo aniversario.  Nombres y figuras como los de Raúl Espinosa y Ernesto de la Guardia ya tenían ganados los créditos como forjadores de la industria hípica en nuestro medio.  Soñaron con ver a nuestro país descollar en el firmamento hípico y trabajaron con tesón para hacer de esa ilusión una sólida realidad.

En esa línea de conducta y pensamiento se empeñaron en mejorar las condiciones del viejo Juan Franco; importaron caballos de otras latitudes, organizaron el Jockey Club, a la vez que le daban prestancia y gallardía al deporte que se convertiría en la pasión de un número incalculable de panameños.  Sin sospecharlo, los padres de la hípica criolla habían allanado el camino para abrirle paso al que sería, luego del consumo de varios calendarios, el más connotado de sus hijos: LUIS HUMBERTO FARRUGIA.

En las cercanías de los vagones del tranvía, vino al mundo el hombre que protagonizaría una de las páginas más impresionante que se hayan impreso en la hípica.  Precisamente, allí se erigió el primer escenario de sus hazañas: El Hipódromo Juan Franco.

Estudió en el mejor colegio de la época (La Salle), jugó en el Barrio de Tolerancia, aprendió inglés entre los habitantes de la antigua Zona del Canal y fue vendedor en el Bazar Francés hasta que la necesidad de hacer “más dinero” lo enfrentó con lo que después sería su más elevada pasión: La hípica.

“Cuando joven, yo no era lo que se dice un fanático de la hípica, aunque seguía a través de los periódicos los resultados de las carreras”, confiesa Luis H. Farrugia, mientras relata en la pasividad de su hogar, cada uno de los momentos que ha vivido en el “Deporte de los Reyes”.

Esa necesidad de hacer más dinero lo condujo a ir camino al hipódromo ubicado en Las Sabanas.  Allí, primero fungió como cronometrista y “piloto”, sin sospecha en ese momento, que estaba trazando las primeras líneas de la extensa carretera que habría de recorrer.

Poco tiempo transcurrió para que se destacara entre los que se dedicaban a medir los fraccionales que marcaban los equinos en sus ejercicios diarios.  Con 24 años de edad, Luis Humberto decide “enredarse” más en los vericuetos dela hípica y así adquiere a su primer caballo: Sunny Blarney.

“Antes de comprar ese caballo le informé a mi papá y él me dijo que no lo hiciera. No le hice caso y al día siguiente lo compré”, comentó al ser cuestionado sobre la manera que incursionó al espectáculo en calidad de propietario.  “Después de Sunny Blarney, compré a Iquique y a Vampiro”.

 

 

 

En las cercanías de los vagones del tranvía, vino al mundo el hombre que protagonizaría una de las páginas más impresionante que se hayan impreso en la hípica.

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